"El Señor Lanari" es un cuento escrito por Emma Wolf que forma parte de su libro "Los imposibles".
Es una narración encantadora y mágica que explora temas de transformación y amor familiar.
"El último piso" es un cuento corto escrito por Pablo De Santis y forma parte de la colección "Cuentos cortos para el verano". Es una narrativa intrigante y llena de suspenso que mantiene al lector en vilo hasta el final.
Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.
Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.
Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.
Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho
miedo tenía ese chico. Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al
chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).
Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:
-iBasta de andar teniendo miedo, vos! - le dijo -. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era
chico!
Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:
-¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!
El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las
personas altas, a las personas bajitas. Y también a los jarabes amargos, a los retos y a
las burlas.
Mucho miedo seguía teniendo ese chico.
Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.
Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.
El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá. Y fue ahí que vio a una persona
bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama. Blanco y negro
era el perro. Con manchitas. Muy flaco y muy sucio estaba el perro. Y al chico le agarró
una cosa acá, en el medio del ombligo.
Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin saber
qué hacer. Muerto de miedo se quedó.
La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue. Y el
chico volvió al banco. Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.
-No es de nadie- dijo el chico -¿Lo llevamos?
-No- dijo la mamá.
-Sí- dijo el chico -. Lo llevamos.
En la casa la mamá lo bañó al perro. Pero el perro tenía hambre. El chico le dio leche y
un poco de polenta del mediodía. Pero el perro seguía teniendo hambre. Mucha
hambre tenía ese perro.
Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y
todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre
también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los
besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas. Con la panza bien
rellena, el perro se fue a dormir. Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si
quedaba algún monstruo.
Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo. Tiene perro
Cierta vez un niño despertó con el deseo de cambiar, de ser bueno. Decidió pasar a ser un niño del que todos estuvieran orgullosos: sus padres, sus hermanos, sus vecinos, su ciudad. Incluso su país, orgulloso de contar con un niño tan bueno entre los suyos.
Bajó de la cama de un salto, oyó que su hermano se estaba bañando y ofreció acercarle la toalla:
– No, gracias (le respondió desde debajo de la ducha).
Se vistió y corrió hacia la cocina, encontró a la mamá colocando las tazas en la mesa.
– ¡Te ayudo!
– No, mi amor, gracias.
Ofreció sacar a pasear al perro, pero ya regresaba su padre que había hecho eso y le dijo:
– No, gracias.
Desayunaron, intentó alcanzar el azúcar, pero su abuela le dijo:
– No, gracias.
Corrió a la calle. De pronto, casi enfrente de él, una tierna anciana se cayó de bruces. ¡Perfecto! exclamó y fue en su auxilio. Pero al llegar la mujer se levantaba sola y le dijo:
– No, gracias.
Luego encontró a un señor ciego, parado en una esquina y se ofreció para cruzarlo:
– No, gracias (le respondió).
En la escuela levantó la mano para pasar al frente a dar la lección; pero la maestra le dijo:
– No, gracias.
Vio que la directora salía de su oficina, cargada de carpetas. Señora, déjeme que la ayude. Pero ella respondió: No, gracias. Tuvieron un examen de matemáticas, lo terminó enseguida, se dio vueltas y le ofreció a su amigo: ¿Te falta algún resultado? No, gracias. Miró hacia la derecha, una compañera escribía a toda prisa. ¿Querés que te ayude? No, gracias.
Terminó esa tarde en la escuela y fue hacia su casa con un andar cansino, sintiéndose un pobre derrotado. Pasó frente a un templo, entró, se arrodilló y comenzó a decir una oración. Una voz honda y poderosa, que parecía venir de todas partes, dejó oír su mensaje:
– No, gracias.
Salió corriendo del templo , desesperado, empujado por un impulso frenético; pero en la misma puerta se le interpuso un señor que cortó su carrera para ofrecerle un billete de lotería, o un estuche con tres peines de diferente tamaño, o cinco lapiceras, o un práctico portamonedas para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, o un encendedor para la cocina con vida útil garantizada por diez años, o tres chocolates por un peso, o dos revistas de decoración por cinco pesos, o una suscripción para la enciclopedia más moderna del mercado y que por esta única oportunidad como promoción de lanzamiento se entrega por la mitad de su precio normal, es decir a un precio anormal, o un exprimidor con tres naranjas que ya fueron exprimidas en tres ocasiones, o un juego de cocina compuesto por cinco ollas con base de bronce de tres capas que conservan mejor el calor, o cinco libros para colorear que vienen con una simpática caja de seis lápices de colores, o una canción, pídeme la canción que quieras, ¿no quieres que te cante una canción?
– No, gracias (respondió el niño, muy a su pesar, pues detestaba tener que usar la misma frase que lo había perseguido a lo largo del día).
– No puedes decirme eso.
– Sí, porque usted me ofrece cosas que no le pedí, y que no necesito.
– Pero tal vez acierto con algo que ibas a desear o precisar.
El niño miró al vendedor, observó que su traje no era nuevo y estaba arrugado por la cantidad de objetos que cargaba; su camisa era blanca, pero necesitaba ser lavada, su corbata tenía el nudo flojo, y olía a transpiración. Entonces le preguntó:
– ¿Y usted qué necesita?
El vendedor se quedó pensativo, serio. Un día de descanso, estoy agotado de ofrecer mis mercaderías.
– Tómeselo (respondió el niño), tómeselo de todos modos, y mañana o pasado mañana sigue.
El vendedor apoyó su gastado portafolio en el suelo, con una vieja sonrisa comentó:
– No es mala idea, verdad (respiró hondo y suspiró). ¿Hay algún bar en este pueblo?
– Sí, hay varios, como aquél (y señaló).
El vendedor juntó sus cosas, se despidió agradecido, y el niño se fue, contento, a caminar, o a jugar con sus amigos.
El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro.
Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas. El hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y abría la puerta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera ganas.
El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente. Un día en medio de un verde vuelo, vio unos racimos que le hicieron esponjar las verdes plumas.
El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran alegría color naranja. Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su canto fue de otro color.
Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo esperaba con verde sonrisa.
–¡Hola, pájaro! –le dijo.
Y lo miró revolotear sobre el sillón verde, la verde pava y el libro verde. Pero en cada vuelo verde y en cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños puntos blancos y violetas.
El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en su sillón verde, en sus cortinas y en su cafetera.
–¡Oh, no! –dijo verdemente alarmado.
Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y un poco verde mar.
–¡Oh, no! –dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y pintó el pico, pintó las patas, pintó las plumas.
Pero cuando el pájaro cantó, no pudo pintar su canto.
Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo.
Todo era verdemente inútil.
Y el hombrecito verde dejó en el suelo el pincel verde y la verde pintura.
Se sentó en la alfombra verde sintiendo un burbujeo por todo el cuerpo. Una especie de cosquilla azul.
Y se puso a tocar la flauta verde mirando a lo lejos.
Y de la flauta salió una música verde azul rosa que hizo revolotear celestemente al pájaro.
Ricardo Mariño
Pese a todo, un día los chicos vinieron a buscarme, nuestro equipo debía enfrentar al barrio “El chorizo”, un equipo de chicos gordos, alimentados con toneladas de carne, porque eran hijos de trabajadores de un frigorífico.
Nuestro barrio, en cambio, era débil y propenso a la gripe.
Nuestros padres trabajaban en el molino harinero, y nosotros vivíamos comiendo fideos.
El día del partido, había tres de los nuestros con fiebre. Por eso vinieron a buscarme.
Cuando faltaban cinco minutos, el partido seguía cero a cero.
Habíamos pasado todo el tiempo metido en nuestro arco, haciendo rebotar en nuestras cabezas, rodillas y colas los terribles pelotazos que tiraban los adversarios. Yo no había logrado tocar la pelota con los pies, pero sí impedí tres goles: uno con la espalda, otro con la oreja y otro con la nariz.
“¡Troncoso ya nos salvó de tres goles –gritó un chico-. ¡Vieron que había que traerlo!” Cuando estaba por terminar el partido, hubo un córner para nosotros. Mi abuelo, que hacía de referí, me dijo: “Anda a cabecear, Carlitos, que después del córner lo término”.
Fui. Vi que la pelota venía en el aire y, con los ojos cerrados, corrí hacia ella.
Hacia el mismo objetivo iba todo el mundo. Varias cabezas chocaron, cuatro jugadores cayeron al suelo y, en medio del lío, sentí que algo duro estallaba contra mi mejilla derecha.
Cuando desperté, me di cuenta de que mis compañeros me llevaban en andas y gritaban “goool”. Mi abuelo saltaba sobre su reloj y gritaba: “¡Terminó! ¡Terminó!”.
Aquel día gané para siempre el respeto de todo el barrio.
Desde entonces, cada vez que pasaba por el almacén, el dueño me gritaba “¡Grande, Troncoso!”, y el kiosquero cada tanto me regalaba una gaseosa sólo para que yo volviera a contar cómo había sido el gol.
En el medio de la selva
se reía un colibrí
y mientras tanto decía:
¡cuando río soy feliz!
suspiraba una cigüeña
y en el suspiro decía:
¡el que no duerme no sueña!
suspiraba una ballena
y en el suspiro decía:
¡quiero bananas con crema!
En un rincón de la pampa
suspiraban dos caballos
y en el suspiro decían:
¡cómo nos duelen los callos!
(De Chistes sin chistar, 2007)
La Momia entró al aula y todos se pusieron de pie.
—Buenas tardes —saludó.
—Bue-nas-tar-des-se-ño-ri-ta —le contestaron.
La Momia se puso los anteojos, sacó del escritorio el cuaderno de asistencia y empezó a pasar lista:
—Drácula.
—¡Presente!
—Frankenstein.
—¡Presente!
Y siguió:
—¡Garramunda!
—¡Pdecente, ceñodita! —contestó una bruja ceceosa.
—¿Dónde está el Lobisón? —preguntó la Momia—. ¿Hoy también faltó?
Un espectro verdoso se levantó de su asiento y dijo respetuosamente:
—Sí, faltó. Me mandó decirle que su abuelita todavía está enferma.
En el fondo del salón dormía un joven ogro. Roncaba como un santo. Era uno de los más grandes y había repetido seis veces primer grado.
La Momia lo despertó tirándole el borrador en la nuca. Era su alumno favorito.
Por fin, todos estuvieron listos para empezar la clase. No volaba una mosca.
La Momia se plantó frente al pizarrón y se aclaró la garganta.
—Buem. Abran el manual en la página 62. Hoy vamos a aprender a atravesar paredes, algo muy útil en la vida. Si lo aprenden como es debido podrán aterrorizar a mucha gente y hacer de veras ¡muuuuucho daño a la humanidad!
Aquí la Momia se emocionaba. Siempre que hablaba de hacer daño a la humanidad se le humedecían los ojos.
Frente al libro abierto, los alumnos leían a coro. El Atravesamiento de Paredes era una lección más bien práctica. Uno a uno fueron ejercitándose.
Primero atravesaron una plancha de telgopor.
Después una madera de dos pulgadas.
Por último, tenían que atravesar la pared que daba al salón de actos, de donde los echaban porque un grupo de compañeritos estaba ensayando “La canción de la araña”.
El más hábil de todos resultó ser el fantasma. Eso de atravesar paredes se lo habían enseñado sus padres de chiquito.
También había un vampiro bastante habilidoso. Atravesaba con elegancia.
Hacia el final de la clase le tocó el turno a Frankenstein.
La maestra lo llamó al frente.
Pasó.
Se ajustó el cinturón, se llenó los pulmones de aire para hacerse más esponjoso, cerró los ojos y avanzó decidido hacia la pared.
Muchos años después, ya jubilada, la Momia seguiría recordando aquel día extraordinario.
El choque fue terrible.
La cabeza de Frankenstein sonó como una caja de tuercas lanzada contra una escollera, pero él ni pestañeó. Un salpicón de bisagras, remaches, astillas y peladuras roció a todos los que estaban.
La maestra pegó un grito creyendo que su alumno se desarmaba. Corrió a ayudarlo, pero Frankie estaba decidido a avanzar.
Y avanzó.
Era un muchacho sólido, tenía amor propio, y no lo iba a detener una pared.
Pasar, pasó.
Abrió un boquete de cuatro metros por dos y arrasó el piano que estaba del otro lado. Los integrantes del coro aplaudieron. Detrás de él la pared entera se derrumbó y con ella parte del cielorraso. Unas grietas horrorosas aparecieron en el techo del salón de actos.
A Frankenstein le pareció un triunfo total. Estaba dispuesto a demostrarle a su maestra lo bueno que era para esas cosas. Así que arremetió contra la pared que daba al patio con el ímpetu de un tren de carga.
Alumnos y maestros empezaron a correr hacia la calle porque el edificio entero se resquebrajaba. Los murciélagos levantaron vuelo en estampida.
Frankie siguió atravesando paredes, una tras otra, siempre con el mismo éxito.
Cuando atravesó la última, el edificio, viejo y ruinoso como era, se vino abajo.
Desde la vereda de enfrente, todos miraban alborotados el radiante cataclismo. El portero tosía en medio del polvo desmoronado.
La Momia corrió a rescatar a Frankenstein de entre los escombros. Estaba averiado pero contento. Enseguida le vendó las partes machucadas. Después lo miró babeante de orgullo y le dio un beso.
Evidentemente no era lo bastante transparente, poroso y aéreo como para atravesar paredes. Pero en cambio, era un genio para los derrumbes. En toda su vida de maestra nunca había visto una catástrofe tan completa. Se imaginó que con un poco de práctica Frankie podía causar desastres mundiales.
Ese mes le escribió en la libreta de calificaciones: “Te portas cada día peor. ¡Adelante! ¡Sigue así!”
Maria Elena Walsh
se ha puesto una cinta.
Se peina, se peina,
y quiere ser reina.
Mas la pobre mona
no tiene corona.
Tiene una galera
de hoja de higuera.
Un loro bandido
le vende un vestido,
un manto de pluma
y un collar de espuma.
Al verse en la fuente,
dice alegremente:
—¡Qué mona preciosa,
parece una rosa!
Levanta un castillo
de un solo ladrillo,
rodeado de flores
y sapos cantores.
La mona cocina
con leche y harina,
prepara la sopa
y tiende la ropa.
Su marido mono
se sienta en el trono.
Sus hijas monitas
en cuatro sillitas.
¡Ay, no te rías
de sus monerías!
Esteban Valentino
Los chicos valientes no tienen por qué hacerle caso a todo lo que se dice por allí, aunque lo que se dice por allí tenga que ver con el miedo.
Habían decidido pasar la noche solos en una carpa cerca de la casa de la chacra del tío de Lauti y nada los iba a hacer cambiar de opinión. Tenían un farol a pilas espectacular, una radio para escuchar a la noche antes de dormir, tenían las bolsas de dormir para el frío.
Iban a poner la carpa debajo del ombú que había crecido desde siempre a unos doscientos metros de la casa y ahora no se iban a echar atrás.
El tío les contó que en el lugar se decía que ese ombú no era un ombú cualquiera. Se comentaba que era nada menos que el famoso ombúlobo, que todo el tiempo parecía una planta común y silvestre pero que los viernes de luna llena se volvía medio lobo. No se sabía cómo pero con las leyendas nunca se sabe bien cómo pasan las cosas. El tío les dio permiso aunque esa noche era viernes de luna llena porque era de los que piensan que a los miedos hay que enfrentarlos.
Y allá fueron, a eso de las nueve de la noche, Nico y Lauti a dormir en la carpa bajo el temible ombúlobo. Hasta las once todo fue bastante tranquilo. La luna iluminaba la noche con una redondez perfecta. Apenas alguna nube casi transparente la cruzaba de vez en cuando. Uno de los chicos sacaba a veces la cabeza a ver si el ombú seguía siendo un ombú y nada más y la volvía a meter lo más rápido que podía.
A las doce tenían francamente miedo y ya nadie sacaba la cabeza afuera de la carpa. Los silbidos del viento entre las hojas y los que hacía al atravesar los huecos del tronco no ayudaban mucho. De pronto les pareció sentir un ruido como de madera que se abre inundando la quietud de la noche y un ulular que en cualquier parte del mundo donde hubiera un ser humano se habría tomado por un aullido de lobo.
Pero esa noche los acampantes querían encontrarle explicaciones más sencillas a todo.
—Se habrá roto una rama con el viento —dijo Lauti.
—¿Quién estará enfermo que tuvieron que mandar a la ambulancia por la ruta? —preguntó Nico sin dejar espacio para la duda.
Los dos miraban la puerta de la carpa y solo esperaban. Esperaban la claridad del día y esperaban su calma y algún trozo de valor que se les metiera a la fuerza en el corazón.
Pero el valor andaba escaseando esa noche por esos territorios de tela y sobretecho.
A eso de las tres se durmieron, cansados de temer lo peor y que lo peor no llegara.
Se despertaron a las diez de la mañana con un sol espectacular que los entibiaba y el olor de las tostadas que partía desde la casa y que viajaba hasta allí.
Levantaron todo y se volvieron medio decepcionados. Nada, no había pasado nada espantoso que tuviera que ver con la leyenda del temible ombúlobo.
Pero mientras los chicos se alejaban, dos patas poderosas se metían bajo la corteza, un hocico babeante volvía a disfrazarse de tronco, dos ojos que nacían en la rama más gruesa los veían marcharse y un pensamiento nacía arriba de los ojos.
“No. No estaban suficientemente gordos”
María Wernike
Uno tiene su mundo.
Otro tiene el suyo.
Todos saben que un día
Uno y Otro se encontraron.
Imaginan que Uno se sintió perdido.
Afirman que Otro se perdió.
Alguien supone que quisieron ser amigos.
Todos dicen que no.
Sin entrar en discusiones,
Nadie le sopló un secreto a Uno.
Eduardo Abel Giménez
Tus ojos son
como la plaza del barrio,
como el museo de Ciencias Naturales donde los huesos se van convirtiendo en leyendas,
como el primer día de vacaciones,
como ir saltando por los charcos,
como un tobogán de subida,
como monedas en la fuente,
como el centro de la ciudad
un domingo por la mañana,
como el recuerdo del horizonte.
Tus ojos son
como la pausa antes del segundo abrazo,
como la caricia de una pluma transparente,
como la sombra del zapato en el piso de madera,
como un beso nunca dado,
como una maraña de porvenires y sobreentendidos.
El gigante da un paso. Luego otro. Y otro más. Abre su gran mano y arranca una margarita.
Ay, piensa el gato. Estamos en problemas.
El gigante agita la margarita, se la arrima a la nariz. El gato lo mira: la flor vuela y cae.
El gigante empieza a caminar. Sus pies aplastan varias margaritas sobre el pasto verde.
Uf, piensa el gato. Estamos en problemas.
El gigante se tambalea y sigue su camino. Un paso, otro, otro más. Cada vez más rápido.
Zas, piensa el gato. Estamos en problemas.
El gigante avanza sobre el cantero de claveles chinos, que desaparecen bajo sus pies. Más rápido, más rápido. Pisa una petunia rosada. Dos lirios blancos. Y el aleli violeta.
En su marcha veloz, se acerca peligrosamente.
Miauuuuuuuuuuu, maúlla el gato cuando el gigante le agarra la cola.
"A volar, Matu, a volar "y lo empuja con suavidad.
De aquí para allá, de allá para aquí, la hamaca va y viene, viene y va. ¿Y esa mariposa? Para atraparla, el gato se sube al limonero y la persigue de rama en rama, pero la mariposa se pierde detrás de la tapia. El gato mira la hamaca: casi no se mueve y a la giganta no se la ve por ningún lado.
Epa, ¿qué pasa? El gigante dobla una pierna, la saca del agujero y apoya un pie en el asiento de la hamaca. Después, el otro.
"Miauuuuuuuuuuuuuu, maülla el gato cuando las piernas del gigante tiemblan sobre el asiento de la hamaca.
Justo, justo, aparece la giganta.
"¡Matu! cuidado!
"A tá "dice Matu. ¡A...tá!
Sí, jacá está el tesoro de mamá! "la giganta lo levanta en el aire y el gigante rie a carcajadas.
Uy, ¿y quién me mima a mí?, piensa el gato.
Justo justo, la giganta lo llama:
"Michi, michimiau Veni, Matu no te va a tirar más de la cola "y cuando el gato se acerca, estira su mano y le acaricia la cabeza.
Ah, suspira el gato, ¡qué linda tarde de verano!
El gato salta a la ventana y piensa: ¡Ahora sí que el problema es mío!
Pero justo justo, se asoma la giganta.
"Matu, no hay que molestar al Michi.
"Ma má "dice Matu. Ma má.
Bamboleándose, va hacia la giganta y se abraza a sus piernas.
"Matu, mi tesorito Ajá, piensa el gato, así que es su tesorito ¿Y yo? ¿qué soy yo?
La giganta pone al gigante en la hamaca roja, calzando con cuidado sus piernas regordetas en los agujeros.
Tristemente
Miro la lluvia resbalar cansada doble los vidrios...
La lluvia empieza en tus ojos,
Esa misma lluvia que cuando cae te nombra....
Los fresnos de desmigajan amarilleando la vereda,
Y yo recuerdo.
Qué triste la lluvia cuando no se comparte.
Mirarte fue como regresar de un largo viaje:
Al regresar ya no somos los mismos.
Por eso
Cae la lluvia en rededor y no me toca.
Por qué sigo viendo el sol cuando te miro.
Vos...
Ese olor,
Esa nube detenida
Esos hilos dorados de tu pelo...
Toma este poco de tristeza,
Arrojado hacia arriba, hacia la altura,
Para qué caiga dulcemente sobre mis palabras,
Y las moje,
Y las borre,
Convertidas en lágrimas,
Convertidas en lluvia.
Gustavo Roldán
El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo.
En el enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no tenía comienzo ni fin.
Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba para aquí o para allá, y volvía a seguir derecho hasta perderse en la distancia.
El sapo las miraba pasar, inmóvil. Y a tenía los ojos bizcos de tanto mirar.
-¿Qué está haciendo, don Sapo?-preguntó el piojo, extrañado de verlo tan quieto y callado.
-Estudiando, amigo piojo, estudiando.
-Solo lo veo mirar hormigas.
-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.
-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la hormiga. Todas iguales...todas iguales...
-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy estudiando y descubriendo. Y créame que vale la pena .
-Es lo último que yo haría en mi vida.
-Está bien, ¿Pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos, de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya al medio?
-¡Don Sapo, no me diga que no son todas iguales!
-Si le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas y petisas...Yo las voy contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que me interesan son las hormigas cantoras.
-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me hubiera imaginado! ¿Está seguro, don sapo?
-Tan seguro como que dos y dos son cinco.
-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí cantar.
-Es que cantan despacito, con voz de hormigas.
-¿Y cantan lindo?
-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un poco desorejadas.
-Con razón cantan despacito-dijo el piojo-. Así nadie protesta.
-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca pude ver cuál es la primera hormiga ni cuál, la última.
-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que esta pasando.
Margarita Maine
Nicolás es hermano de Ana. Ana es la hija de Laura. Laura es la esposa de José y la hermana de Clara. Nicolás, José, Laura y Clara tienen en pelo llenísimo de rulos tan pequeños que los peines se esconden cuando ellos entran al baño.
Ana tiene el pelo lisito como la abuela María, la mamá de Laura, que vive en Mendoza.
Para que los rulos no puedan asomar Nicolás usa gorro y José, el pelo muy corto.
Laura se compró una planchita de peluquería y se levanta una hora antes a la mañana para dejarse el pelo lisito como el de Ana.
Clara se pone cinco hebillas para dejar a sus rulos bien amarrados y que no la despeinen.
Ana en cambio, mientras está en la escuela, se la pasa enroscándose el pelo con el dedo con la esperanza de armar un rulo duradero.
Un día de invierno, cuando toda la familia sale de casa, el sol se asoma.
Al mediodía el cielo se pinta de nubarrones y al rato se larga una tormenta que oscurece el día.
Y llueve, llueve, llueve.
Y Laura no llevó paraguas para buscar a los chicos en la escuela y José se olvidó el piloto y Clara no alcanzó el colectivo.
Cuando llegaron a casa todos estaban empapados y corrieron a cambiarse la ropa. Nicolás hasta tuvo que sacarse el gorro para ponerlo a secar.
Laura hizo una sopa para curar el frío y cuando se sentaron a la mesa, se miraron y se empezaron a reír.
Los rulos bailaban en las cabezas, ¡tan contentos de andar sueltos!
Hasta Ana tenía un rulo en la punta de su pelo lacio.
-Al fin- dijo-. Ahora sí me siento de la misma familia.
Un señor tenía un pato que ladraba. Lo metió en un canasto con tapa y se fue a recorrer las plazas de los pueblos.
Le decía a la gente que tenía un pato que ladraba, pero nadie le creía. “Si me dan una moneda”, les decía, “se los muestro. Si no ladra, les devuelvo la moneda y les doy otra más”.
Entonces sacaba el pato, que como estaba un poco confundido no ladraba, le hablaba en la oreja para convencerlo y el pato ladraba.
Con el dinero que ganó gracias al pato, el señor se compró una motoneta (para él) y un carrito (para el pato). El carrito tenía una sola rueda e iba enganchado a la motoneta como un sidecar. También le compró un casco al pato.
Un buen día, el señor encontró un gato que hacía mu y también lo metió adentro del carrito. Se llevaba muy bien con el pato.
Después encontró un perro que hacía miau y tuvo que agrandar el carrito. En realidad, lo cambió por otro más grande (un carro y no un carrito). Compró dos cascos más.
Fue entonces cuando encontró la vaca que hacía cua y tuvo que comprar un carromato de circo para que entraran todos. (Los cascos ya no eran necesarios)
En el viaje los animales conversaban porque si no se aburrían. Se hicieron muy amigos.
En medio de la larga travesía por la llanura, el pato le enseñó a ladrar al perro, el perro le enseñó a maullar al gato, el gato le enseñó a mugir a la vaca y la vaca le enseñó a parpar al pato.
Entonces se dieron la mano, abrieron la puerta del carromato y cada uno se fue por la vida con rumbo distinto.
Ahora que eran bilingües podían trabajar como traductores (sobre todo el pato, el gato y el perro) o como secretaria ejecutiva (sobre todo, la vaca)
También podían publicar un diccionario vaca - gato, gato - vaca; pato - perro, perro - pato; etcétera.
El señor les vendió el carromato a los gitanos y se fue con su motoneta a buscar algún gladiolo con olor a jazmín, o bien, alguna mandarina con gusto a banana. No sabemos qué tal le fue.


¿Por qué será que mi sombra
no se mueve de mi lado?
¿Tendrá miedo que otro chico
se la lleve, equivocado?
Si alguna vez, en la plaza
yo de mi sombra me olvido,
le tengo dicho a una gorrión
que me la guarde en su nido;
no vaya a ser que la noche,
con tanta luna y rocío,
le humedezca el corazón
y se me pesque un resfrío.
A veces yo me pregunto:
¿De qué está hecha mi sombra?
¿Será tejida al crochet,
o bordada en punto sombra?
¿Será amasada con nube
o modelada con cielo?
¿O será un retrato mío
con baño de caramelo?
Mi sombra es un papelito
de celofán, recortado,
con la forma de mi alma
siempre en silencio a mi lado.
Para que duerma Juanito
Tengo una nana
Con todos los colores
De la mañana.
Pinceladita de miel
Envuelta en un carretel,
Pinceladita azulina
Como aleteo de golondrina.
Para que duerma Juanito
Tengo una nana
Escondida en el fondo
De una manzana.
Pinceladita amarilla
Bordada con mostacilla,
Pincelada de besos
Collarcito de bostezos.
En mi sombrilla,
Se mete por sus pliegues
Recorre su puntilla
Y me pinta en el pelo
Una flor amarilla
Él quiere dormir
En mi sombrilla
Y yo le he preparado
Una cama sencilla:
Dos pompones de cielo
Y una frutilla

La hormiga Jovita barría la puerta de su casa. Barría para adelante, para atrás, para un costado y para el otro costado, ¡chas chas... chus chus... chis chis...! con su escobita de yuyos secos, cuando de pronto chocó con algo redondo y dorado que brillaba cerca de su pata delantera izquierda. - ¡Uy! ¿Qué será eso? ¡Nunca lo he visto! – y se acercó tratando de descubrir qué era, pero el reflejo de la cosa dorada y redonda le hizo entornar los ojos y no vio nada. Entonces alarmada por semejante fenómeno, corrió hasta la casa de su amigo escarabajo y le dijo con voz entrecortada y casi en secreto: - Don Escarabajo... Me parece que ahí, en mi vereda, está el sol. - ¿Y con eso qué, doña Jovita? ¡Acaso todos los días no pasa lo mismo en su vereda! - No, amigo... Usted no me entiende. ¡Está todo el sol entero tirado en mi vereda! - ¿Cómo dice? ¿Todo el sol tirado en..? No entiendo bien. - Dígame, don Escarabajo... el sol ¿no es redondo, brillante y dorado? - Sí... Así es... - Entonces no me cabe ninguna duda. El sol se ha desprendido del cielo y ahí está el pobre, desmayado en mi vereda... ¡Seguramente por el porrazo que dio al caer! El escarabajo abrió enormes los ojos y salió corriendo a ver si era cierto. Llegó, miró, pestañeó, movió la cabeza y dijo: - Tiene razón amiga Jovita... es el sol... ¿Qué hacemos? La noticia corrió enseguida por todo el jardín y una nube de bichitos comenzó a revolotear frente a la puerta de la hormiga Jovita. Algunos pretendieron alzarlo pero el sol era tan pesado que los hizo caer a todos patas arriba. Por fin entre aleteos y zumbidos se oyó la voz de una mariposa que decía: - Yo creo que lo mejor será llamar a Gregorio, el jardinero. Así lo hicieron. Entonces Don Gregorio llegó al lugar y al ver lo que le señalaban los bichitos, pegó un salto de alegría y gritó: - ¡Ah...! ¡la moneda peruana que se me había perdido! ¡Muchas gracias! Y con toda facilidad se metió el sol (es decir, la moneda peruana) en el bolsillo... y se dispuso a comenzar su tarea en el jardín, mientras los bichitos lo miraban con la boca abierta de asombro. Como estaba tan contento, esa mañana el trabajo rindió más y las flores estuvieron más perfumadas y los yuyitos más verdes y las piedritas más coloradas. Y cuando llegó el cartero a la puerta y dijo: -¡Qué lindo está hoy el jardín!, el cascarudo, parándose en medio de un cantero con las manitos en la cintura le contestó: - ¡También...! ¡con ese jardinero que lleva el sol en un bolsillo...!
La semana es larga como una lombriz
empieza en lunes termina en París.
Los días del medio tienen gusto a anís
sábado y domingo para bailar twist
Quisiera tener un barco
para salir a pasear
un barco grande que baile
sobre las olas del mar.
Yo quisiera que mi barco
fuera un barco de verdad
que no le asusten las olas
el sol ni la tempestad.
Que al despedirse regale
anillitos de vapor
y que en cada puerto encuentre
un niño con una flor.
En mi barquito yo llevo
una brújula de sal
marineros de platino
y un pirata artificial.
Le pondré un mástil más alto
que la torre de Babel
y daré la vuelta al mundo
en mi barco de papel.

Recordaba el reciente mail de una vieja amiga que vivía en Brasil.
Le chistaba al gato para que no masticara una bolsa de plástico que tenía las fotografías que la abuela debía escanear y enviar al diario.
Veía que tenía que regar las plantas del patiecito, porque hacía unos días que no llovía y se estaban empezando a secar.
Se sobresaltaba cada vez que sus ojos aterrizaban, sin querer, sobre la fecha de vencimiento de una factura de la luz que tenía pinchada en un corcho de la pared para no olvidarse de pagarla —cosa que le sucedía cada dos por tres—.
Y tan inmersa en sus pensamientos estaba que no prestaba demasiada atención al reclamo de los nietos.
Y como los nietos, como buenos reyes que son, no aceptan de ninguna manera que los escuchen a medias, le reclamaron que los escuchara por entero. La abuela entonces cerró una por una las ventanas abiertas dentro de su mente y les abrió de par en par la puerta por donde ellos entraron y le preguntaron:
—Abuela, ¿qué es un zaino? ¿Y qué significa corcovear? ¿Y arrastrar el ala?
—¿Y de qué pago se trata el pago que nombrás en tus cuentos, que no tiene que ver con pagar?
Y… Y… Y…
Las ventanas del recuerdo de la abuela se volvieron a abrir, y por una de ellas entró su infancia en Río Cuarto, un pueblo de la “pampa gringa” donde ningún chico, aunque viniera de una familia que no tenía ni un pañuelito de campo —como la suya—, ignoraba esas palabras.

Sin embargo, la vida te hace creer que hay compensación. Pampa no, desierto sí. ¿Te perdiste la tormenta de Santa Rosa?: tenés para desecarte el viento Sharav. Beer-Sheva, la capital del desierto del Neguev, es decir, de todo el sur de Israel, nos proveyó de un entorno bien surtido de gatos. Organizados en barrios, cuyas unidades habitacionales son contenedores de basura verdes, parecidos a lanchas de desembarco, miles de "jatulim" suben, bajan, se espantan, cruzan las calles, se te acercan, te piden. Ellos fueron los que nos advirtieron antes que nadie, "la vida es dura aquí, piénsenlo dos veces". Son sabios, conocen el mundo y este sitio mejor que nadie. Cuando hace 4.000 años el gato doméstico original emigró desde su patria, Egipto, para desparramarse y multiplicarse por Oriente y Occidente, una de sus primeras paradas habrá sido, sin duda, esta ciudad, o lo que haya sido por aquellos tiempos Beer-Sheva. Si en Beer-Sheva podría rastrearse la simiente de lo que alguna vez se convertiría en el "ala semita" de la civilización occidental, esto es, la cultura judeo-cristiana-musulmana, ¿por qué no buscar aquí el punto de partida de la expansión universal de los gatos? El periplo de Abraham, desde Irak a Canaán, de Canaán a Egipto y de allí otra vez a Canaán, para asentarse en Beer-Sheva, debió de estar acompañado por gatos. Beer-Sheva quiere decir "pozo del pacto" o "pacto de los pozos": Abraham pactó con el rey filisteo Abimelej, la utilización, por su rebaño y su familia, de siete estratégicos pozos de agua que había en la zona. El precio de la transacción: siete ovejas para el jefe local. Y, aventuramos: otros tantos gatos que se habrán colado. Hoy, de esas fuentes de agua, sólo queda un aljibe, más simbólico que real. El agua dulce se evaporó de aquí. Lo peor que nos sucede en ésta, la ciudad actual, donde hasta los cimientos de las edificaciones son regados por goteo, para evitar que se sequen y desplomen, es ver cómo los gatos mueren una y otra vez atropellados por automóviles que se les cruzan, fatales, en su camino. Sufrimos, ante este espectáculo insufrible. ¡Qué destino el del gato, víctima de las calles veloces, que se oponen a las suyas propias, transversales, inesperadas, no compatibles con sus impulsos!
Aun así, el gato prospera aquí.
A pesar de la falta de agua —los gatos beben, aunque muchos no tengan muy en claro este aspecto crucial de sus vidas—, todos los días nacen nuevas camadas que, a pesar de las bajas que de seguro las tendrán y diezmarán sus familias, agregan nueva sangre a una población que aumenta y se expande. Siempre habrá un gato dispuesto a ofrecerse a entrar a tu casa, permitir que le des de comer e intentar convencerte de que la vida en contenedores de basura no es vida.

la abuela puso una velita.
Me dio tres besos, dijo que eran tres sueños
y me arropó exacto como a mí me gustaba.
Después salió del cuarto y la puerta se cerró.
Me quedé quieta, esperando que hablaran mis tres sueños;
pero estaban callados.
De pronto recordé que yo también le había dado tres besos.
Tal vez, por error, le había devuelto mis tres sueños.
Me senté en la cama.
El cuarto se agrandó, se volvió más grande que una iglesia.
El ropero, grande como una casa.
Y la jarra me sonrió desde el lavamanos:
no era una sonrisa amable.
Miré la silla de mimbre con mi ropa doblada:
la silla crujió como si estuviera atenta a algo.
Tal vez cobrara vida y se vistiera con mi ropa.
Pero lo más horrible era la ventana:
no podía imaginarme qué había afuera.
No se veía ni un árbol, de eso estoy segura.
Ni una plantita amigable ni un simpático sendero de guijarros.
¿Por qué me cerraba la persiana cada noche?
Era mejor saberlo.
Apreté los dientes y me levanté despacio,
espié por una rendija en la persiana.
No se veía nada de nada.
Salvo cientos de velas amigables por todo el cielo
en recuerdo de los chicos asustados.
Volví a la cama…
Los tres sueños empezaron a cantar su cancioncita
Fragmento del libro TAMBIÉN LAS
ESTATUAS TIENEN MIEDO de la escritora Andrea Ferrari
Y un momento
después:
—Algo hay que
hacer, digo yo. Alguna cosa hay que hacer.
Podía cambiar una
palabra o darle al asunto tonos diferentes, según su estado de ánimo o nivel de
cansancio, y lo que a la tarde parecía un grito de guerra apache, a la hora de
irse a dormir no era más que un murmullo mezclado con pasta de dientes mentol
extra fuerte. Pero ella no esperaba respuestas; creo que en realidad sólo lo
decía para oírse. A mí, de todas formas, eso me parecía un signo de que las
cosas iban decididamente mal para nosotros. Mal y sin muchas posibilidades de
mejorar.
Olvidé decir que
Mimí es mi madre. Empecé a decirle así cuando era muy chica; no
tengo idea por
qué: tal vez simplemente no me gustaba la letra a. Yo era bastante rara en esa
época. Alguna gente cree que aún lo soy. La cuestión es que me acostumbré a ese
nombre y ya no me sale llamarla de otra manera.
Mimí acababa de
pronunciar la frase por sexta vez cuando abrí el cuaderno y decidí inaugurarlo
con una lista. En realidad, el cuaderno era un diario íntimo que me habían
regalado en mi último cumpleaños. Pero a mí no me gustan los diarios: están
llenos de confesiones sentimentales y otras estupideces románticas. Éste tenía
tapas color rosa y decía en el frente "Mis secretos" con letras y
corazones rojos. Estuve por tirarlo, pero al final decidí cubrir la frase con
la foto de mi banda de rock preferida y usarlo para hacer listas. Las listas
para mí son mucho mejores que los diarios: dicen lo que dicen sin perder el
tiempo. Esto decía la primera:
Cosas que me
molestan
1) Mi cuerpo
todavía no cambia.
2) Daniel casi
nunca me mira.
3) Mimí está
demasiado preocupada.
4) Quizás este año
no apruebe Matemática.
5) Mi papá.
Sobre este último
punto no agregué detalles porque no tenía ganas de pensar y menos todavía de
escribir nada que tuviera que ver con él. Pero no era fácil ignorar los algo-hay-que-hacer
de Mimí, que venían repitiéndose peor que publicidad de la tele…”
Edith Mabel Russo
Te presto mi cielo
—si estás aburrido—
lo que en él descubras
será tuyo y mío.
Verás que en mi cielo
sólo hay cosas bellas
para que te quedes
a jugar con ellas.
Lo surcan celestes
caminos de sueños,
y si el sol te gusta
podés ser su dueño.
Tiene un arco iris
de veinte colores,
¡habrá que cuidarlo!,
¡que nadie lo robe!
de alitas plateadas
que bordan piruetas
en las madrugadas.
¡Tiene tantas nubes
mi trozo de cielo!
Si el viento las sopla
es cuando yo veo
mil formas curiosas:
fantasmas, ovejas,
torres y castillos
y alguna princesa.
Tiene barriletes
de hilito encantado
y globos curiosos
que se han escapado.
de lluvia traviesa
jugando a la mancha
con alguna estrella.
Te presto mi cielo
-si estás aburrido-
lo que en él descubras
será tuyo y mío.
Una nena quiere conocer el mar pero vive lejos, “Tan lejos que ni vendiendo todo lo que tenían podrían viajar”. Pero Emilia es persistente y tiene adultos conscientes del poder de lo simbólico. La voz de la madre acompaña y le brinda herramientas para mirar mares aunque no los haya. Un maestro hace viajar las palabras para acercarlas a la orilla deseada.
Un mar para Emilia se trata de un cuento breve con un final a medio camino entre lo poético y lo fantástico. Ideal para leer con los más pequeños y conversar con ellos, imaginar y reflexionar sobre los propios deseos.







.jpg)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario